¡Muy buenas!
Hace tres años escribí un artículo en el que os contaba por qué prefiero la piscina antes que la playa, en aquella época directamente odiaba la playa por el esfuerzo y el estrés que me supone caminar por la arena.
En esos tres años han cambiado bastante las cosas, me sigue resultando muchísimo más incómoda la playa por ser un terreno tan inestable, porque la entrada y la salida al mar la tengo que hacer agarrado de alguien y porque no siempre puedo bañarme, pero he aprendido a disfrutar del entorno y a verlo como un desafío a superar.
En cambio, la piscina tiene algo especial y más desde que camino con el bastón.
Meterme en un sitio donde pueda prescindir totalmente de algo que tengo que utilizar por la calle… es una sensación increíble.
Este verano, literalmente, me he tirado una media de entre 3 y 5 horas diarias en la piscina, físicamente nadar y bucear me ayuda muchísimo, pero a nivel psicológico no os lo podéis imaginar.
Cuando estoy sentado en una silla o un banco mis problemas de movilidad no se notan porque no me desplazo.
La piscina, en cambio, me da una sensación de libertad total, me puedo desplazar sin el bastón con total normalidad, incluso mejor que mucha gente sin mis problemas porque sé nadar y bucear.
A veces lo pienso y es curioso la cantidad de cosas aparentemente simples que tienen un impacto tan grande en mi mente, es una maravilla.
Este verano me ha venido genial para pensar en las cosas que he hecho mal este “curso” y las que tengo que cambiar para no cometer los mismos errores.
La piscina me ha ayudado a organizarme para no saturarme entre el trabajo, los estudios y mis problemas de salud demás cosas, a pensar en todo con más calma.
Pero bueno, vamos a dejar eso del estrés de la rutina para otro artículo, que acabo de volver de vacaciones.
¡Un abrazo!














